jueves, 2 de septiembre de 1993

18


Un día después de haber llamado a la aseguradora para comunicarles dónde estaba el auto –y cinco días antes de cobrar mi cheque- recibí el llamado de Horacio Requeijo, director de siniestros de la compañía e íntimo amigo de mi difunto padre.
Horacio fue quien me contrató por primera vez.
Hacía tiempo que no trataba con él, pero escuchar su voz siempre me dibuja una sonrisa. Es un tipo con un particular manejo de la ironía. Siempre con una acidez disfrazada de simpatía. Y tiene una particularidad: cuanto más enojado está, más gracioso es.
En resumidas cuentas, la charla fue más o menos así:

-Escuchame, Morel… ¿así que vos encontraste ese “beeme” Z4 ese que estaba desaparecido?
-exacto…
-Ajá… pero mirá qué bien. Y decime una cosa… ¿vos lo viste al auto?
-No. No lo vi. Pero sé que está ahí.
-Claaaro… el señor sabe que está ahí. Seguro que se lo dijo un pajarito. Y nosotros, que trabajamos en una compañía de seguros porque somos unos flor de pelotudos… tenemos que confiar en eso.

Hubiera sido interesante decirle que no me lo había dicho un pajarito, sino un chico fantasma. Pero me dio la impresión de que la situación no estaba planteada para esa clase de verdades, por lo que preferí contraatacar.

-A ver… hasta donde yo sé, ustedes nunca cuestionaron mis datos. Siempre confiaron en mí, y hasta ahora nun...

-…Pará pará, Kojak –me frenó, con un tono que nunca le había escuchado- todavía no hicimos la denuncia, porque la casa donde vos decís que está el auto es de un Subcomisario de Quilmes. Así que mejor que me digas por qué creés que el auto está ahí… y quiero algo que sea creíble.

Hice un silencio demasiado largo. No tenía que pensar una respuesta, sino manejar los tiempos para crear un poco más de expectativas. No me pregunten por qué, pero estaba seguro que el auto estaba ahí.

-No te voy a decir cómo lo sé. Nunca te dije cómo sé las cosas, y no voy a empezar ahora. Pero te aviso:  si no presionás a un juez para que allanen esa casa, me debés dieciocho lucas verdes.

Cortó.
Y nunca me llamó para decirme que tenía razón.

Un día después me llamó su secretaria para informarme que el auto estaba ahí.

No hizo falta pedir un allanamiento. Requeijo habló con un  juez amigo que manejó todo por izquierda. No quería kilombos con la policía. Nadie quiere kilombos con la policía. La policía es el verdadero poder de este país. Más que la justicia, los medios. los legisladores y el presidente. En un país de ignorantes e imbéciles, el más vivo es el que tiene una 9mm en la cintura.
Finalmente, el juez arregló la devolución del auto sin mandar en cana a nadie. La compañía no levantó cargos. Por razones obvias, ellos menos que nadie pueden estar interesados en tener a la cana en contra.
Y todo estaba solucionado. Todo muy lindo. Todo muy fácil. Demasiado fácil.
Ya con la plata en el bolsillo, podría haber dado por terminado el asunto e irme de viaje. Como si no pasara nada. Como si yo hubiera descubierto todo sin ayuda y pudiera sentarme frente al mar con un habano en la boca.
Quise creerme que fue así.
Por eso traté de olvidar a Matías. No atendí más el teléfono. 
Ayer, salí de casa y  volví a la noche con un Catena Zapata 2002 bajo el brazo. 
Tres horas después me encontraba sentado en el living, disfrutando de uno de los pedos más caros de mi vida. Tendría que haber estado relajado. Tendría que haber disfrutado de mi triunfo. De mi gran momento.
Pero no podía. Me sentía como si no hubiera pagado la tarjeta. O incluso peor: me sentía como si tuviera una deuda enorme. E íntimamente, yo sabía cómo debía pagar esa deuda. Lo comencé a sospechar cuando supe quién era Matías. Todo me cerraba. No quería saber eso, pero ahora ya era tarde: estaba en medio de una historia trágica, sin poder disfrutar de un momento que en realidad, no era mío. 
Odiaba sentirme así. Me daba impotencia, rabia, ira. Y el vino ayudó a soltar esas sensaciones que hasta ese momento habían permanecido ocultas. Podría haber sido un Vasco Viejo. Un Termidor. Solamente pasaba por mi garganta apagando la rabia.  Y eso me daba aún más furia.
Al terminar la botella, me paré para abrir otra. Un simple Carrascal. Llené la copa y la terminé de tres tragos.  “Llamame ahora, hijo de puta.” Pensé en voz alta. Llamame.
Y grité más fuerte: “Llamame ahora pendejo de mierda, que no te tengo miedo”. En eso, escuché un ruido fuerte. Un golpe, que vino de la cocina.  No me importaba nada: fui corriendo hasta allá, esperando encontrarme a alguien. Pero no había nadie. Eso era lo tenebroso: que no había nadie, pero aún así, los vasos empezaron a temblar.  Las puertas de las alacenas comenzaron a abrirse y cerrarse de un golpe, rebotando y volviendo a abrirse. La puerta de la heladera, incluso, se abrió y se cerró con tanta fuerza, que escuché algunas botellas cayendo en su interior.
El TV se encendió. El volumen subía solo. Todo era una locura.
En el momento en que sonó el teléfono, todo el resto de los ruidos cesaron. El “ring” retumbó solitario, pausado, rítmico.
Atendí y descargué mi rabia por todo lo que estaba viendo. Apenas escuché el suave “hola” de Matías, perdí el control definitivamente:

-¡¡Qué querés, pendejo de mierda!! Qué querés de mi vida… dale, hablame hijo de puta. ¡QUÉ CARAJO QUERÉS QUE HAGA!

Y era raro. Porque yo sabía qué era lo que quería. Ya sospechaba lo que pasaba. No quería saberlo, pero sospechaba. Sólo necesitaba que él me lo dijera.
Lo sentí sollozar suavemente. Parecía aterrado. Parecía tener miedo.

-Señor… ¿mi mamá está ahí? Por favor,  dígale que  sin querer crucé la calle y ese auto me pisó.

Tiré el tubo, me senté y me largué a llorar.
Otra vez tuve razón Eso era lo que necesitaba escuchar. 

sábado, 12 de septiembre de 1992

19


La vieja seguía revisando la basura como si no hubiera escuchado mi pregunta. Con desinterés, desechaba casi todo lo que iba encontrando. Y –extrañamente- con el mismo desinterés revoleaba algún que otro objeto al carrito que tenía a su espalda. Siempre lo embocaba.
En la esquina, la esperaba un carro tirado por una mula sucia, vieja y raída, que apenas se mantenía en pie.
Hasta ese momento, la abuela de Matías me había respondido todo lo que yo le había preguntado. Con parquedad y brusquedad, pero me había respondido. Sin embargo… a la última pregunta…
Sabía que me había escuchado, pero preferí de todas formas mostrarme algo tonto y repetirla, aparentando cierta timidez:
-Disculpe, le preguntaba si su hija y su nieto también venían a cartonear con usted.

Mi pregunta quedó volando en el aire, como si la señora la hubiera escuchado ya varias veces, y estuviera harta de responderla.
Luego del incómodo silencio, respondió con otra pregunta:

- Y digame, ¿usted tiene familia?

La pregunta me tomó por sorpresa, debo confesarlo.
Pero decidí seguirle el juego, y abrirme un poco, para que ella confíe en mí. 

-No. Bah, en realidad tengo un hijo, pero vive en el sur, con la madre.

-Ahh… ¿y por qué se separó de la madre?

-Nunca me casé. Nunca estuve en pareja con ella. Siempre estuve solo. Me gusta andar solo.

-Y digo yo, ¿por qué no trata de ocuparse de su hijo, en lugar de andar jodiendo por lo que le pudo pasar a mi nieto?

Parca y rea como una mula. La vieja no quería mostrar ni un solo sentimiento. Nada de nada. Era tal cual me había comentado la dueña de mi departamento, cuando le dije que me pase el número de Isabel para que viniera a limpiar a mí casa: “mirá, si te atiende Isabel, vas a estar bien. Pero si te atiende la vieja… te jodiste”.
Claro: ella no sabía lo que yo sí sospechaba de Isabel, la mamá de Matías. Nadie parecía saberlo.
Mientras, la vieja seguía en su labor.  Sus manos parecían recubiertas por guantes de cuero ajados. Pero así era su piel. Su cara, curtida y arrugada, no demostraba una mínima expresión. Ni odio, ni rencor, ni nada. Simplemente parecía concentrada en dejar caer basura sobre su carrito. Pero por dentro, esa mujer era un volcán a punto de largar todo. Bronca, ira, resentimiento, llanto. Podía notar una caja de Pandora contenida dentro de su pecho.

-Escucheme: yo solamente quiero ayudarla. ¿Por qué no me cuenta sobre su hija de una vez? Yo me imagino lo que le pudo pasar, pero necesito que usted me lo cuente.

La vieja se frenó. Dejó de revolear cosas, y quedó en silencio. Sin siquiera girar para mirarme, dijo:

-¿Sabe por qué usted está solo? Porque es un imbécil. Porque usted seguro que es de los que anda por ahí haciéndose el duro. Y las mujeres se acercan porque les gusta ese perfil suyo: rebelde, corrosivo, autosuficiente, rudo –se dio vuelta para clavarme su mirada de penetrante-  pero cuando lo conocen, las minas se dan cuenta que era pura cáscara. Se dan cuenta que usted es flor de maricón. Y se van.

La vieja retomó su actividad y yo encendí un cigarrillo, para disimular un poco mi incomodidad. Hacía mucho tiempo que no me pasaba algo así. Aquella cartonera no sentía por mí ni el más mínimo respeto.
Decidí tocar un poco donde más podía dolerle, para que me dijera lo que yo necesitaba escuchar.

-¿Y usted? ¿Por qué no me cuenta por qué anda cartoneando sola?

La vieja miró al cielo, tiró una caja de zapatillas vacía que tenía en sus manos, y esta vez sí, se dio vuelta. Logré que me levantara el tono:

-¡Usted ya sabe por qué! Usted sabe todo desde que llegó acá. ¿qué quiere que le diga? ¿Qué más necesita saber?

-Su hija trabajaba haciendo limpieza durante el día y de noche salía con usted a cartonear, ¿no?

-No. Ella se quedaba por ahí, sola. Yo me llevaba al nene a cartonear conmigo…

Me quedé en silencio. Sabía que ella se iba a sentir obligada a hablar. Ella mantuvo la vista perdida, y continuó:

-Mientras yo levantaba cosas, el borrego jugaba en la esquina y me cuidaba el carro y el caballo. Un día, yo andaba por acá mismo, y el nene estaba jugando en la esquina.  De repente escuché una frenada, un golpe, un grito… y chau. Lo llamé al Matías, y no me contestó. Corrí para ver qué pasó, pero escuché una acelerada. El nene ya no estaba. No había nada. Al otro día el cuerpito apareció tirado en un charco en la loma del culo. Nadie vió al auto que lo pisó.

Para este momento hubiera sido mucho más marketinero decir que la vieja lloró a los gritos, o sollozó, o golpeó su cabeza contra el suelo. Pero nada. Habló como si hablara del tiempo, con su voz seca y ronca
Nada nuevo. Todo lo que me contaba era más o menos tal como yo me lo imaginaba. Ahora, sólo necesitaba saber una cosa más.
Como pude, mantuve el aplomo:

-¿Y su hija? ¿La mamá de Matías?
-Mi hija apareció muerta esa misma noche, en un corredor a unas cuadras de nuestra casilla. Dicen que se enteró lo del nene y se suicidó ahí mismo… Pero no sé quién le habrá ido con el cuento.

Esta mujer tenía el corazón tan curtido como sus manos.
Hice un largo silencio. Esto último no me lo esperaba. Todo lo que pasaba en mi casa no lo hacía Matías. Lo hacía Isabel. Isabel era la que escribió el nombre de Matías en el juego de la copa. Isabel me quería llevar a algún lado, y yo iba entendiendo hacia dónde.

La vieja volvió a trabajar, y como al pasar, comentó:

-Usted parece buena gente… ¿por qué no se deja de preguntar boludeces y se va a
 revolver mierda a otra parte?

Ella sabía –o sospechaba- algo que por alguna razón no me quería decir.
Le agradecí, le dejé 300 pesos en el carrito, y me alejé.
A los tres pasos, volví a sentir su voz, que me gritó:

-Oiga, dígame una cosa: la madre de su hijo, ¿es medio puta?

Me di vuelta, la miré. Y antes de responderle, me quedé pensando. 
Qué vieja bicha. Me estaba diciendo lo último que necesitaba saber.
Ahí caí en la cuenta de que todo esto era mucho más asqueroso de lo que yo creía. Era mucho más que un tipo que atropelló a un nene y se mandó a mudar.
Ya estaba listo para ir a ver al fiscal de la causa de Matías –si es que había algún fiscal- y resolver todo esto de una puta vez.
Esa noche volví a casa, y las sorpresas siguieron.

jueves, 19 de septiembre de 1991

20 - Cerca del fin.

Todo tiene que ver con todo.
Eso pensaba anoche, mientras fumaba mi cuarto cigarrillo del último mes. 
Miraba a Lola dormir, y no dejaba de pensar que todo tiene que ver con todo. Sus piernas se reconocían bajo las sábanas. Sus pies asomaban desnudos, huesudos. Y su sueño era tan profundo, que cada tanto, ella fruncía el entrecejo y balbuceaba alguna palabra al pasar. Vaya uno a saber por qué lugares andaba. Y yo no dejaba de mirarla. Hasta su baba cayendo por la comisura del labio me resultaba atractiva. Seguramente le va a dar mucha vergüenza cuando se entere, y voy a poder ver ese rubor suave dibujado bajo sus pecas. 
Todo tiene que ver con todo.
Pensando en que mañana tenía mi primer encuentro con el fiscal que investiga la muerte de Matías, había dado vueltas en la cama desde hacía un par de horas. No sabía realmente qué podía llegar a decirle a este tipo para que creyera que mis sospechas eran firmes.
Finalmente me levanté un fui a sacar un cigarrillo de la cartera de Lola. Casi sin querer, reconocí allí dentro no sólo el atado de Marlboro, sino también una bolsita con una piedra de marihuana, un carefree, unas pastillas de mentol y una cajita de forros.
Habla muy bien de ella que tenga una cajita de forros.
Yo suelo tener los míos a mano, pero que una chica lleve los suyos no deja de ser algo bastante tranquilizador.
Aunque sabía que en algún momento, ese detalle iba a comenzar a molestarme. Supe desde la primera vez que la besé, que las cosas se complicarían. Mientras nuestras lenguas jugueteaban, mi mente decía "esta te va a hacer pelota, Morel... vos sabés que esta mina te va a hacer pelota, y parece que no te importa".
Y sigo pensando que finalmente, ella me va a hacer pelota.
Sólo trato de asegurarme que nunca se llegue a dar cuenta.
Sin embargo, los forros pueden ayudar en muchos momentos.
Sino, miremos a Isabel y su hijo. ¿Quién es el padre? Nadie lo sabe. Nadie reclamó nada. Matías no tenía papá.
La abuela de Matías dejó entrever que su hija era puta. No sé si se refería a que la chica era una profesional, o simplemente que era medio putita. Pero fue clara la referencia que hizo cuando me preguntó por la madre de mi hijo. ¿Por qué meterla ahí? ¿Por qué meterme a mí como padre, si Matías no tenía padre? Obviamente, porque el papá de Matías fue algún cliente de Isabel.
¿Y eso qué tenía que ver con la muerte de ambos?
Todo tiene que ver con todo.
La vieja me quería dar a entender cosas que no terminaba de decir. Me quería guiar sin ensuciarse las manos. Como si no hubiera sido su hija la que apareció tirada en un callejón de la villa,  con la panza llena de pastillas y la nariz empolvada con pasta base.
En otras condiciones, me hubiera espantado una mujer tan fría. Parecía que hubiera perdido en la quiniela, no que hubiera perdido a una hija y un nieto.
Por otra parte, la vida que lleva hace que casi nada tenga demasiado valor. Es difícil de entender esto para los que pagamos el seguro todos los meses e igual le sacamos la tapa del stereo al auto.
Pero para muchísima gente la vida no vale nada. No son ni siquiera pobres.
No puedo dejar de pensar. No puedo dejar de pensar mal.
Y todos mis malos pensamientos me llevan a la caja de forros.
Capaz, si Isabel hubiera tenido una caja de forros, todo esto no hubiera pasado. Pero no.
Ella sabía que podía quedar embarazada. Y cuando  pasó, también sabía que su hijo no tendría padre. ¿Para qué ir a buscarlo? La vida del chico no iba a ser mucho mejor. Si ese flaco nunca iba a aceptar que la había dejado embarazada, y de hecho, nada ganaría con comprobarlo. La vida de Matías no valdría ni dos mangos con un padre como ese. Un boludo que tiene amigos en zona norte, y que viene de vez en cuando para mojar la chaucha. Un muerto de hambre que te negoció hasta el último centavo para cogerte. ¿Para qué querés enganchar a un tipo así? Mejor, callate y seguí Isabel. Tené al bebe y después se verá.
Pero claro, cuatro años después lo ves otra vez por la zona. Lo ves de casualidad, mientras vas a tomar el tren para ir a trabajar al centro. Porque ya no sos tan puta como antes.
Y lo reconocés enseguida, Isabel.  Porque es igual a tu hijo. Porque siempre que mirás a Matías, ves la cara del padre.
Pero el tipo no es el mismo poligrillo que era antes.
Tiene el pelo más corto que antes. Se viste mejor.
Y maneja un BMW.

sábado, 6 de octubre de 1990

21 - Anteúltimo capítulo.

El fiscal Arturo Barrenechea investigó la muerte de Matías. Él fue quien investigó el lugar donde apareció el cuerpo, y quien dejó el caso prácticamente cerrado al no aparecer ni testigos, ni denunciantes, ni pruebas, ni nada de nada.
Lleva unos bigotes entrecanos teñidos de amarillo en los bordes más cercanos al labio. Clara identificación de un fumador. El hombre debe estar cerca de la jubilación. Y sinceramente, no muestra muchas ganas de colaborar en un asunto que él debía dar por cerrado. Lee atentamente la documentación que le pasé, hoja por hoja. Cada tanto me espía por sobre el marco de sus anteojos. Sus manos arrugadas son casi perfectas, si no fuera por un solo detalle:
le falta un dedo de la mano izquierda. El anular. Es raro:  nadie pierde en un accidente el dedo anular, sin que el resto de los dedos sufra consecuencias.  El meñique es el más expuesto, en menor medida el pulgar y el índice son candidatos a sufrir accidentes. Pero, ¿el anular de la mano izquierda? Al notar que lo miraba, comentó sin quitar la vista de las hojas: 
-Me lo corté yo mismo después de separarme. Fue la única forma de sacarme el anillo. 
Su voz cortó el silencio con la dulzura de un cuchillo oxidado. Me miró por sobre el marco y dibujó una sonrisa con sus ojos. 
Creo que nunca sabré si me lo dijo en broma o no. 
Nunca lo sabré. 

Después de un rato, dejó los documentos de la póliza de seguros a nombre de -ya es hora de nombrarlo. Facundo Segovia, 33 años, soltero, dueño de un BMW Z4.
Barrenechea sacó un pañuelo de tela  del bolsillo y comenzó a limpiar los vidrios de sus anteojos. Hasta ese momento, todo nuestro contacto fue un apretón de manos y un "mucho gusto". Luego se sentó y leyó de punta a punta mi informe sobre la aparición del auto sin decir una palabra.
El fiscal se colocó los anteojos nuevamente, cruzó las manos, me miró, y continuó una charla que nunca habíamos tenido:
- ...y entonces,  usted dice que este tal Segovia atropelló a Matías, escondió el auto, y lo hizo pasar por robado...
-Sí. Con el apoyo de la policía de la provincia.
-Ajá... ¿Y por qué el auto no apareció chocado?
-Tuvo tiempo de hacerlo arreglar y limpiarlo. Si usted manda a hacer un peritaje, podría comprobar que el auto tiene hecha chapa y pintura.
Barrenechea me miró con desprecio. Su mirada decía: "no es ilegal arreglar un auto, boludo". En ese momento tuve grandes ganas de irme. Comencé a notar que no tenía un caso. Que no tenía más que la seguridad de lo que había ocurrido. Y no podía decirle todo sin quedar como un loco.
Otro fiscal me hubiera palmeado la espalda, diciéndome: "no se preocupe, voy a investigar hasta las últimas consecuencias", y luego me hubiera mandado a freir churros. Pero por alguna razón que en ese momento no entendía, Barrenechea parecía interesado.

-Y digame, Morel: el nene apareció a varios kilómetros de ahí. ¿Por qué cree usted que Segovia se lo cargó en el auto? ¿Lo iba a llevar a un hospital?

Acá venía la parte más complicada. La parte más difícil de explicar. Mantuve unos segundos de silencio, y arremetí con toda mi teoría. Hablé sin mirar a Barrenechea, que contra todas las leyes nacionales, se prendió un cigarrillo y se quedó impávido escuchando mi discurso:

-Hacía varios años, Facundo Segovia no tenía un mango. Hacía algunos laburos en la villa para la policía, y de vez en cuando se cogía a Isabel, la mamá de Matías. Un día Isabel queda embarazada, pero nunca se lo confiesa a Facundo. No se vuelven a ver. Pero un día, Isabel lo ve a Facundo por la calle. Ella sale de la villa a trabajar, él maneja su BMW. Ella quiere aprovecharse de esto, y le blanquea el asunto: macho, Matías es tu hijo, y ahora que tenés plata, me tenés que mantener. Él le tira unos mangos. Pero ella insiste y le exige más. O, capaz... habla con alguno de los abogados caranchos que revolotean por la villa. Pero ningún carancho se va a meter contra Facundo, que tiene amigos en la cana. La cosa es que Facundo se entera. Se pone loco. La va a buscar para hablar.  Discuten. Él la aprieta mal. Ella lo desafía. Él se pone loco. Ella lo sigue acosando. Ella le dice que vaya a ver al nene, que es igual a él. El, hecho un demonio, va hecho una furia a buscar al nene, que está cartoneando con la abuela. Odia a ese nene. Ese nene le está cagando el futuro. Llega tan loco, que lo ve al nene jugando en la calle y lo pisa . O capaz lo atropelló sin querer, sólo por los nervios. Como sea, agarró al nene se lo cargó en el auto y salió. Nadie lo había visto. Llamó a sus canas amigos, que fueron a ayudarlo. Recién ahí ven que el nene está muerto. O capaz, lo terminan de matar ellos. Comos sea, los canas meten el cuerpito en el baúl y le dan una dirección de Zona Sur para que esconda el auto. Le dicen que, por las dudas -si es que alguien vió algo- llame al seguro y denuncie que se lo robaron tres horas antes en Zona Sur. Total, ellos pueden después meter a algún perejil como sospechoso. Después se verá. Ahora el problema es Isabel: si se entera que Matías está muerto, se pudre todo. Facundo queda hasta las manos. La cana queda expuesta. Por las dudas, cortemos todo de cuajo: van a buscar a Isabel en un auto sin marcas. Se la cargan, la esposan, le llenan la boca de pastillas... se las meten hasta por el culo, y la dejan morir junto a ellos.
Luego, vas a buscar el cuerpo de Matías, lo tiran en un baldío de Zona Sur, y horas después tiran a Isabel en uno de los corredores de La Cava. Nadie investiga nada. Nadie sabe nada. Todo queda entre amigos. Y aunque la madre de Isabel sabía lo que su hija planeaba hacerle a Facundo y sospecha que hubo alguna matufia rara,  no abre la boca porque sabe que tiene que cuidar al resto de sus hijos. El auto queda escondido. No hubo denuncia por accidentes... pero mejor no hacerlo aparecer, por las dudas. Mejor arreglarlo, limpiarlo y dejarlo ahí un tiempo. Un BMW Z4 es un costo muy bajo a cambio de dos muertos. Si usted pidiera un ADN, podría comprobar que Matías era hijo de Facundo. De hecho, si le toma declaración a la madre de la chica y abuela del nene... va a sacar muchas cosas en claro. 

Barrenechea no se perdió un solo detalle de todo lo que dije. No me interrumpió, y me dejó terminar.
Luego, dejó un largo silencio, observándome detenidamente. Encendió otro cigarrillo. Y siguió en silencio, pensando, reflexionando.
Y yo sabía que otro fiscal me hubiera pedido una prueba. Me hubiera tratado de loco. Me hubiera echado. Pero él sólo pensaba. Ni siquiera me preguntó por qué, cómo, de qué forma podía yo saber todo eso.
Finalmente, se paró. Lo seguí con la vista, mientras caminaba por su oficina. Fue hasta un archivero, y volvió con una carpeta. Me la tiró encima.

-Mire un poco:  esta una investigación sobre Facundo Segovia. Es un buchón profesional, entre otras cosas. Estuvo involucrado en el triple crimen de General Rodríguez. Tiene contactos con media policía provincial y es el contacto entre ellos y la gente más pesada de la Cava. Es un chico de barrio:  entrador,  simpático,  divertido... o sea,  un reverendo hijo de puta. No me extraña que haya matado al hijo, y sé que tampoco le temblaría el pulso si tiene que matar a la madre. 

Me quedé observando la historia de este hombre. Daba miedo. Tenía tantos contactos, que en un momento llegué a pensar que quizás el fiscal era uno de sus amigos, y yo iba a terminar el día mirando crecer las flores desde abajo. ¿Quién podría impedirlo? No tenía nada. No tenía a nadie que se interese por mi existencia. Eso no esta bien.

Barrenechea me dejó pensar, volar, divagar. Se sentó, se quedó mirándome, pensativo. Encendió otro cigarrillo.
Y al rato continuó:

-Mire, Morel... yo creo que hay algo que usted no me está diciendo. Pero lo voy a respetar, solamente porque tengo más ganas que usted de agarrar a ese hijo de puta. Vamos a hacer una cosa: voy a pedir información sobre la muerte de Isabel. Voy a tomarle declaración a la abuela de Matías. Y si todo lo que usted averiguo me cierra, voy a pedir un ADN compulsivo de Segovia, para ver si es el padre de Matías. 

Me fui del juzgado con una mezcla de miedo, paz interior y fobia. Intenté sacarme todo el asunto de encima: ya lo había derivado. Ya otra persona estaba buscando una salida. Había cumplido mi parte.
Me dispuse a vivir una vida casi normal. Me llamaron para otro caso de otra compañía de seguros. Comencé el gimnasio. Lola entraba y salía de mi casa como si fuera suya. La convivencia parecía un hecho, pero ninguno de los dos parecía hacerse cargo de el asunto.
Sin embargo, había un pequeño problema: Matías seguía llamándome y en mi casa continuaban pasando cosas fuera de lo normal.
Una tarde, muchos días después,  llegué a casa y encontré a Lola sentada en el piso de la cocina, fumando y llorando. Tenía la mirada perdida y no paraba de temblar.  Me acerqué lentamente. Me senté a su lado, sin saber qué decir.  Sin siquiera mirarme, utilizó un lenguaje ibero-argentino para decirme: 

-Si no quieres, no me digas nada... pero algo raro pasa en esta puta casa. 

Nunca supe qué era lo que había pasado. Pero no era difícil imaginarlo.

Sólo quería que todo esto termine de una vez.
Pero ayer, casi un mes después de nuestro primer encuentro, me llamó Barrenechea:


-Hablé con la abuela de Matías, y me confirmó que Isabel y Facundo habían tenido una historia hace unos años. 
-Bueno, bien... 
-Sí, muy bien... pero no es todo: Investigué sobre la muerte de Isabel, y sus sospechas eran acertadas: a la chica la mataron. Según los forenses, las muñecas tenían marcas de esposas o ataduras. Difícil suicidarse así.
-¿Entonces? ¿Fue contra Segovia?
- Sí. El tipo vino de buena gana. Se sorprendió por lo de Isabel, aceptó que la había conocido... e incluso cuando le di a entender los cargos, él mismo se ofreció a hacerse un  ADN. 
Se hizo un silencio.
-Dió negativo, Morel. Él no era el padre de Matías. Estamos como al comienzo.

martes, 17 de octubre de 1989

22 - Capítulo Final: Día de la Madre

I


Ese último dato arruinaba todo. Si Matías no era el hijo de Segovia, ya nada tenía sentido. No había conexión entre la muerte del chico, el accidente, el asesinato, ni la desaparición del auto. Me sentí un verdadero idiota. Perdí varios meses cruzando datos ridículos con un par de fantasmas como único fundamento. Y el resultado fue acusar de asesinato a un pobre infeliz que sólo había tratado de estafar a una compañía de seguros. Casi un héroe.
Me sentí absurdo. Ridículo. Idiota.
Ese día me recluí en mi casa, como una forma de autoflagelo.
Lola golpeó mi puerta varias veces. Incluso me llamó del otro lado de la puerta.
No respondí.
Me quedé en mi cuarto, con un Montchenot 1998 y un vaso. Sí, un vaso. No me gusta tomar vino en copa.

Necesitaba olvidarme del asunto. Aunque todo era demasiado raro para ser casual.
Un mal rollo, hubiera dicho Lola. Después de todo, a quién le pueden interesar las muertes de una villera medio putita y un pánfilo de 5 años.
Ni a la madre y abuela le interesó.
Al final de cuentas, nadie había perdido gran cosa.

En sólo cuatro vasos llenos, mi Montchenot se despidió de doce años de existencia, de los cuales al menos diez los pasó encerrado en una botella. Y eran apenas las 9 de la noche.
Me acosté pensando en todo lo que no pude decirle a Barrenechea:
que en mi casa pasan cosas raras. Que la ropa aparece doblada cuando yo la dejo tirada. Que se escuchan ruidos. Que en el juego de la copa salió el nombre de Matías. Que Matías llama siempre a mi casa. Que era el hijo de la chica que limpiaba. Que las alacenas de mi casa se abren solas. Que Isabel aún está allí en mi casa. Y Matías la llama porque recuerda el número. ¿Los fantasmas hablar por teléfono? Supongo que tampoco pueden doblar la ropa. Es muy difícil pensar seriamente con estos argumentos. Y menos con cuatro vasos de vino adentro.
Mi cabeza daba vueltas una y otra vez. Fui entrando en una especie de duermevela, mezclando sueños de los que no podía salir. En uno de ellos apareció Matías. Estaba en la calesita de un parque, sentado en un avión. Pero no podía verle la cara. La calesita giraba, y yo corría detrás para alcanzarlo y verle la cara, pero nunca llegaba. Apenas llegaba a verle el perfil, y nuevamente el avión de madera se alejaba. Yo corría y no podía verle la cara.
Abrí los ojos y nuevamente estaba en mi cama.
Los cerré, y volví a la plaza.
Matías bajaba de la calesita y se alejaba corriendo. Yo trataba de alcanzarlo para verle la cara. Pero él corrió  hasta abrazarse con… su mamá. En mi sueño ella era Isabel. Y pude ver su cara perfectamente. Mientras Matías se aferraba a sus piernas, ella me miraba fijamente a los ojos, lagrimeando tristemente. Abrazaba a Matías y lloraba frente a mí. Me acerqué para hablarle, pero ella negaba con la cabeza. Sus labios murmuraban un “no” seguro y lloroso. Me acerqué un poco más y la vi suplicante, abrazando a Matías. Y agarrándolo fuerte, me decía “no, no, no…”. Dí un paso más y desperté de un salto, agitado, transpirado y asustado.
Me incorporé y juro que por un segundo, Isabel estuvo ahí, junto a mi cama.
Sé que estuvo ahí y se fue, aunque quise pensar que todo fue un sueño.
Un sueño con la cara de Isabel, pero no la de Matías. Y así era realmente: había algo de Matías que yo no podía ver. Ella abrazaba a Matías, y a la vez, me decía que no. Y lloraba de tristeza al encontrarse con su hijo. No de emoción. De tristeza.

Y allí, en esa lucidez que sólo aparece durante los primeros segundos al despertar,  apareció todo claramente. Y entendí todo lo que Isabel intentó decirme desde el primer momento. Una respuesta detrás de la otra se armaron en mi cabeza. Matías no estaba. No estaba ahí. O, mejor dicho, estuvo todo el tiempo ahí, y por eso no pude verlo. MATÍAS NO ESTABA CON ISABEL.
Qué imbécil que fui. Cómo no lo vi antes. Nunca hubo dos fantasmas.

En el mismo momento de la verdad, me estremecí al escuchar una batería de ruidos provenientes de la cocina. Ruidos entremezclados. Ruidos insoportables. Música fuerte. Platos rompiéndose. Puertas golpeándose.
Me levanté de la cama, enfurecido y aún algo envalentonado por el vino. Estaba seguro que era Isabel la que estaba ahí. Llegué a la cocina para ver que las puertas de las alacenas se abrían y cerraban delante de mis ojos. Varios platos, literalmente, habían volado contra la pared. La tele estaba encendida a todo volumen. Tomé el último plato que había quedado en la mesa, lo estrellé contra el piso y grité:
-¡¿Qué mierda querés que haga?!
La tele se apagó. Todo quedo quieto. Volvió el silencio. Salvo por un sonido suave que llegaba del baño de servicio. Un sonido de agua. Fui hasta ahí, abrí la puerta, y me encontré con todo lleno de vapor. La canilla de agua caliente estaba abierta. Y sobre  el espejo totalmente empañado, estaba escrito:  AF418.




II

AF418. AF ¿Las iniciales de alguien? ¿Una dirección?  ¿Algo iba a pasar a las 4.18? ¿De la mañana? ¿De la tarde? Un AF. No. AF 418. Ella tuvo que darme una clave. AF. Arturo Frondizi. ¿Hay una calle Arturo Frondizi? Quizás sí. Pero no tenía sentido. Tenía que ser más fácil. ¿Por qué no escribió todo? AF. Algo Fácil. Algo Frondoso. Argentina Feliz. Alberto Fernández. Asesinato Forzado. Aeropuertos Famosos. Avión… Francés. Sí.
Sí.
Sí.
Lo grité. Air France. Chequeé en Internet y el número salió limpio y claro como un día de primavera. AF 418. Air France 418, con destino París. Sale mañana 7.55AM. Estaba todo clarísimo. Miré la hora: eran las 11 de la noche exactas.
Me senté para acomodar mi cabeza, y unos minutos después llamé a Barrenechea a su celular. Se escuchaba música de fondo. Ruidos de copas. Risas. Mujeres. Putañero había resultado el viejo.

-¿Lo agarro trabajando? –le dije, como para abrir la charla.
-Escucheme, ¿usted cree que cobro tanto como para que usted me llame a…
-Usted me dijo que Segovia era capaz de vender a la madre. Pero le darían mucha más plata por el hijo… ¿no?
-¿De qué me está hablando? –respondió a los gritos, intentando tapar el ruido del bar.
-Le vendieron un buzón, Barrenechea. El ADN le dio negativo porque el nene que apareció muerto no era Matías.
Barrenechea hizo silencio. Me lo imaginé apoyando el whisky sobre la barra, saludando a algún parroquiano y tirándole unos pesos a las chicas de turno. Luego, dijo:
-La abuela reconoció el cadáver, pelotudo.
-Ajá. ¿Y usted hizo un ADN para confirmar que ella era la abuela? ¿O eso se lo hacen a la gente rica nomás?
Sentí un suspiro molesto e incómodo que atravesó los bigotes del fiscal.
-…El ADN no corresponde en esos casos, porque…
-Mire: le puedo demostrar que la vieja le mintió. Y si tengo razón, usted mañana mismo puede tener pruebas para encerrar a Facundo Segovia y sus socios.
El silencio se hizo largo.

Quedé en pasar a buscarlo por Reconquista y Marcelo T. De Alvear. En el camino, fui pensando en todo: Matías buscaba a su madre. Estaba encerrado en una casa, con un teléfono a mano. Y nadie imaginaba que el nene podía llamar a alguien. Cuando estaba solo, llamaba al único número que, a sus 5 años, había podido memorizar: el del trabajo de la mamá. Mientras, lo tenían ahí guardado, hasta poder ubicarlo en algún lado.

Mientras íbamos a buscar a la abuela de Matías, le fui contando a Barrenechea toda la verdad. Todo lo que me había pasado. Todo todo. Y él sólo miraba por la ventanilla, y cada tanto, con voz de trasnochado comentaba:
-Usted y yo somos dos locos de mierda. Mejor dicho: usted es un loco de mierda, y yo soy un pelotudo que le hace caso. No lo puedo creer: soy un pe-lo-tu-do.

No fue difícil encontrar el carro de la mamá de Isabel. Ya eran más de las 12 de la noche, y ahí estaba la vieja podrida esa.
“Hablo yo”, me dijo Barrenechea mientras bajábamos del auto.

Barrenechea caminó lentamente hacia la vieja, que estaba abriendo una bolsa de basura. El fiscal se acomodó el saco y  peinó su bigote, mientras la vieja nos miraba acercarnos.
Muy correctamente, el fiscal le dijo:
-Buenas noches, señora… no sé si me recuerda, yo soy el Fiscal de la causa de la muerte de su nieto y necesitaba hacerle algunas preguntas de rutina.

La vieja nos miró de arriba abajo con cara de asco.
- Ya les contesté todo. ¿Qué mierda quieren saber ahora?

Barrenechea mantuvo ese tono correcto y ameno que los abogados aprenden en primer año de la Facultad:

-Ehh, mire, entienda que no deseo ahondar en su dolor. Usted no tiene ninguna obligación en responder, pero…

Mientras él hablaba, la vieja se dio media vuelta y continuó revisando la basura como si nadie estuviera.

Sentí que la sangre subía a mi cabeza. Saqué a Barrenechea y de un empujón tiré a la vieja contra la bolsa de basura. La agarré del cogote apretándole entre los desperdicios, y a un centímetro de la cara, le grité:
-Decí la verdad, vieja de mierda. ¡Tu nieto me está llamando todos los días! ¡Los huevos al plato me tiene tu nieto llamándome! ¡Dónde mierda está! ¡Decime dónde está Matías!
“Dejelá, dejelá” esbozaba Barrenechea no muy convencido.
La expresión de la vieja por fin cambió. Se asustó. Por fin demostró estar viva. Dejé salir toda mi furia contenida. La zarandeé varias veces, para sacarle todo lo que sabía y no quería confesar.
-El que reconociste no era tu nieto, ¿no hija de puta? ¡Y a tu hija la dejaste morirse como un perro, vieja de mierda! ¡¡Hablá!!
Barrenechea me agarró y me sacó de un golpe. No me dolió. Seguí mirándola a los ojos.
La vieja miro hacia otro lado. Temblaba. No podía mantenerme la mirada.
Por fin parecía un ser humano.
Casi sin aire, empezó a hablar
-No, no era Matías. No sé quién era. Segovia me obligó a reconocer a otro nene.
La vieja mantuvo la mirada perdida. Barrenechea me miró de reojo, con un dejo de furia. Luego preguntó:

-¿Cómo la amenazó?

La vieja continuó:
-Vino hasta acá una noche en su auto, con dos tipos más. Yo estaba acá mismo, y el Matías estaba jugando en la esquina. Me llamó desde el auto y me mostró que adentro la tenían a la Isabel.
Por primera vez, la vieja sollozó, se quebró-
-Estaba muertita ahí tirada en el asiento, pobrecita. Me dijeron que la levantaron en la villa y la habían drogado hasta matarla –y repitió- Me la habían matado esos hijos de puta. Y la tiraron el la villa como a un perro. 
En ese momento entendí por qué escondieron el auto y lo denunciaron como robado: alguno pudo haber visto cuando secuestraron a la chica. O cuando la tiraron en la villa. Un BMW Z4 no pasa desapercibido por esa zona. Pero, sin embargo... nadie denunció nada. 

Con el temple de un fiscal, Barrenechea no se inmutó por las lágrimas, y siguió cuestionando:
-¿Y qué pasó con el nene?
La vieja dejó caer todas sus lágrimas, antes de seguir:

-Segovia me dijo que los tipos que estaban con él eran canas. Que habían matado a Isabel porque ella se hizo la putita, y que él los frenó, porque querían matarme a mí y al nene. Pero que él iba a cuidarme a mí y a su hijo…

Con los ojos inyectados, y desde el alma, Barrenechea dijo:
-Pero qué pedazo de cínico hijo de puta…
Como si no hubiera escuchado, la vieja continuó su relato:
-Me dijo que iba a llevarse a Matías, que lo iba a cuidar y le iba a dar una vida nueva, lejos de la villa. Que nos iban a perdonar la vida a los dos. A cambio, tenía que reconocer a otro nene y no hacer kilombo con la muerte de Isabel.

Esta vez, la vieja me miró a los ojos. Juro que tenía la misma mirada que soñé de su hija.
-¿Qué podía hacer, señor?
 Barrenechea le pidió una foto de su nieto. La vieja nos pasó una billetera ajada y vieja: ahí se lo veía a Matías abrazando a Isabel. Por primera vez pude ver la cara del nene. En cambio, a Isabel ya la había visto: era la misma chica de mi sueño.
Fuimos ante el Juez de turno y al rato la mujer estaba declarando. Luego declaré yo. Con la ayuda del fiscal -y amparado en la figura de investigador privado para no revelar mis fuentes-, pude dar datos precisos sin reconocer que todo lo que sabía me lo había dicho un fantasma.
Y ese fue el comienzo del fin.
Acompañé a Barrenechea a Ezeiza, para presenciar el operativo.  No habíamos dormido en toda la noche. El lugar estaba repleto de policías y  gendarmes de civil. Nos ubicamos en el bunker de seguridad, mirando las cámaras. Un pequeño lugar cerrado, donde al menos se permitía fumar. Con sueño y cagados de frío, echamos humo en silencio. Un cigarrillo para mí, y cuatro para el fiscal. No despegaba un ojo de los monitores. El tipo dejaba escapar la ansiedad por los poros. Era su momento de gloria. Como si toda su existencia pasara a cobrar sentido detrás de esos monitores. 

-Oiga… ¿Se dió cuenta qué día es hoy? –me dijo sin dejar de mirar las cámaras.
-…
-El día de la madre.
-…
-Este hijo de puta vendió a su propio hijo en el día de la madre.
-…
-Qué sorete de mierda –dijo mientras encendía el quinto cigarrillo con la colilla del cuarto.
Seguimos un rato en silencio. Y finalmente sentí la necesidad de sacar un tema que hasta ese momento ni él ni yo habíamos querido tocar.

-¿Y el cuerpo que reconoció la vieja? ¿Quién era?
-Y... vaya a saber... seguramente de alguno que apareció muerto y nadie reclamó... está lleno de esos...
-Pero... usted cree que ya estaba muerto o lo mataron para... 
No me dejó terminar la frase. Me cortó con algo que no voy a olvidar nunca. 
-Lo mataron hace mucho, Morel.  Vaya a caminar por los alrededores de alguna estación de tren, y se va a dar cuenta que estos chicos nacieron muertos. 


Horas después, Matías llegaba a Ezeiza de la mano de una pareja de franceses de unos 50 años. Tenía cara de dormido el pobre infeliz. Miraba hacia todos lados, como si estuviera en medio de un circo. Solitario, como perdido, con dos desconocidos que ni siquiera hablaban español. Seguramente habían dejado un par de cientos de miles de euros en los bolsillos de Segovia y compañía.
En el momento en que hicieron el check in, aparecieron policías de todos lados para detener a la pareja y alejar a Matías del lugar.
En ese mismo momento, en Zona Sur, la justicia allanaba el lugar donde había aparecido el auto. En Zona Norte la policía detenía a Segovia en su propia casa.
Días después, Barrenechea llamó a mi casa, sólo para decirme que tenía miles de pruebas para levantar cargos contra Segovia. 

Pero más allá de todo, ahí estaba Matías hablando con la asistente social. Me acerqué sólo para escuchar su voz por última vez. Me quedé unos segundos frente a él, pensando en el día de la madre. Matías ya no tenía con quién festejarlo y sin embargo, era el día que más orgulloso podría haber estado de ella.

Algún día iba a decírselo. Ella lo merecía.