jueves, 16 de junio de 2011
Capítulo 13 - Final
Mientras manejaba, yo no dejaba de mirarle las piernas. No eran largas, no tampoco lo suficientemente estilizadas. Pero aún así, lucían sensuales. Supongo que todo su cuerpo irradiaba esa sensualidad. Desde su tez aceitunada de tono mate, hasta ese pelo azabache que caía en finas hebras sobre sus hombros.
jueves, 17 de marzo de 2011
Capítulo 12
Cuando volví a la casa de huéspedes, me dijeron que tenía varios mensajes de Renata, la hermosa mujer que conocí en el avión y me llevó hasta la entrada del pueblo.
El mensaje me lo pasó la simpática dueña de casa, que con un guiño de ojos, que en cuanto me vió llegar, me puso a prueba:
-Ah, parece que el señorito pasó la noche en otro lado... ¿por dónde anduvo?
Apenas le respondí con un seco "buongiorno".
Pero ella insistió un poco más, y me alcanzándome un papel con un teléfono, me dijo:
- Una "ragazza" llamó anoche preguntando por usted... parece que se está relacionando bien...
Renata me dejaba su celular.
Hasta ayer, me había olvidado de ella.
Recordé que luego de dejarme en la entrada del pueblo, había prometido pasar a visitarme.
La llamé, y con toda su sensual voz italiana me dijo lo mucho me que había extrañado, y que quería pasar a visitarme.
Le propuse que nos encontráramos mañana en la entrada del pueblo y que fuéramos a pasear a Cosenza, la capital de la provincia.
Aparte de pasear y recibir un poco de cariño de mi italiana favorita, necesitaba confirmar algunas de mis sospechas en el registro de la propiedad.
Mis conocimientos de historia me alcanzaban para tener por seguro sólo una cosa:
en un diminuto pueblo de Italia en el año 1899, podía había sólo un buen motivo para matar a toda una familia, incluyendo a su descendencia.
La tierra.
El mensaje me lo pasó la simpática dueña de casa, que con un guiño de ojos, que en cuanto me vió llegar, me puso a prueba:
-Ah, parece que el señorito pasó la noche en otro lado... ¿por dónde anduvo?
Apenas le respondí con un seco "buongiorno".
Pero ella insistió un poco más, y me alcanzándome un papel con un teléfono, me dijo:
- Una "ragazza" llamó anoche preguntando por usted... parece que se está relacionando bien...
Renata me dejaba su celular.
Hasta ayer, me había olvidado de ella.
Recordé que luego de dejarme en la entrada del pueblo, había prometido pasar a visitarme.
La llamé, y con toda su sensual voz italiana me dijo lo mucho me que había extrañado, y que quería pasar a visitarme.
Le propuse que nos encontráramos mañana en la entrada del pueblo y que fuéramos a pasear a Cosenza, la capital de la provincia.
Aparte de pasear y recibir un poco de cariño de mi italiana favorita, necesitaba confirmar algunas de mis sospechas en el registro de la propiedad.
Mis conocimientos de historia me alcanzaban para tener por seguro sólo una cosa:
en un diminuto pueblo de Italia en el año 1899, podía había sólo un buen motivo para matar a toda una familia, incluyendo a su descendencia.
La tierra.
martes, 15 de marzo de 2011
Capítulo 11
Me senté en la escalera a pensar, con el tintineante cráneo de Francesca en mis manos. Ser o no ser.
Traté de armar todo este rompecabezas a partir de los datos con los que contaba, mientras hacía sonar el cencerro de huesos. Traté de pensar en voz alta.
-A ver:
Pietro y Renata habían tenido tres hijas. Y alguna de ellas -o las tres-, había tenido tres hijos naturales (los tres llevaban el apellido de la madre).
Alguien había decidido acabar con la vida de toda la estirpe en la navidad de 1899.
Alguien con la suficiente sangre fría para matar a cinco niños y suficiente el cinismo para darles a todos cristiana sepultura.
¿Cristiana sepultura?
Y esa última frase no encajaba
Volví a mirar los cajones de las tres mujeres, para descubrir lo que sospechaba: el de Francesca era el único que no tenía la cruz.
Y ahí me cerró todo:
Ella era la madre de los tres chicos.
Francesca la pecadora.
Francesca la putana del pueblo.
Francesca... la madre de Cosme Viggiatore y abuela de Renzo... el tipo al que vine a buscar.
Me dejé caer en la escalera
Y pude ver cada detalle: Cosme tenía 8 años el día de la masacre. Todos sus hermanos murieron.
Menos él.
Sí.
Menos él.
El único que no llevaba el apellido Ravazzano. El único que realmente no era hijo natural.
Toda la historia estaba al revés, pero me iba cerrando cada vez más.
Este pueblo esconde una historia tan oscura como esta bóveda.
Pensar me hacía doler aún más la cabeza. Seguís sintiendo el golpe. Y ese aroma... Ese olor penetrante mezclado con las flores y los muertos. ¿Dónde lo había sentido antes?
Decidí fumar un cigarrillo antes de irme. A esta altura, a ninguno de los presentes podía llegar a hacerle mal el humo. No tenía demasiado apuro -seguramente la puerta de la bóveda estaba abierta- por lo que preferí aprovechar este momento para armar toda la estructura del caso en mi casi rota cabeza. Para eso, comencé a hilar todas los datos que fui recopilando, para armar mi argumento:
Mi encuentro con la familia Ravazzano no fue fortuito. Alguien me llevó ahí, me golpeó en la cabeza, y me dejó tirado para que yo descubriera todo. Alguien que olía de una forma en particular. Esa persona -que prefirió mantenerse en el anonimato- quería que yo me topara con los Ravazzano y encontrara a la Francesca que estaba buscando. La mujer que yo creía era Francesca Viggiat...
Y aquí es el momento en que ocurre la magia. El momento exacto en que todos los cables de mi cabeza comienzan a unirse, iluminando el camino. El momento en que recuerdo ese aroma, y ese aroma me lleva a una persona, y esa persona a otra... y entiendo quién es y por qué mataron a toda su familia, y el pueblo, y las tierras...
Y allí es cuando ya sé perfectamente qué pasó acá hace tantos años... aunque no tenga todas las pruebas.
martes, 15 de febrero de 2011
Capítulo 10
El olor a cadáver apesta. Especialmente cuando se mezcla con el rancio de aroma de las flores secas, la pestilencia de las cenizas y la humedad de alguna gotera que recorre los nichos como venas abiertas y muertas. Sin embargo, aún recordaba otro aroma. Un aroma agradable y reconocible, que llegué a sentir segundos antes de caer desmayado.
Era lo único que recordaba
Me levanté con cuidado. El dolor de cabeza me retumbaba hasta hacerme perder el equilibrio.
Aún resonaba el golpe de la pala, como si mi cabeza fuese un gran campanario a medianoche.
Me sostuve con la pared, y cuando me sentí seguro, me dediqué a prender algunas de las velas apagadas que estaban por toda la bóveda.
Por alguna razón me habían encerrado allí.
Cuando se hizo la luz, hice un paneo general con mis ojos.
Había tres cajones en la planta en que me encontraba.
Más atrás, una escalera nacía en el suelo y llevaba hacia unos cuantos cajones más. "Escalera al infierno.
Buen dato: una escalera al infierno, justamente en un pueblo llamado Scala Coeli*.
Dos de los cajones principales pertenecían a una pareja muerta en 1848. Ambos el mismo día.
Antonio y Rebecca Ravazzano.
Rebecca. Extraño nombre para una italiana.
El tercer cajón era pequeño. Quizás de un niño.
Fabrizio Ravazzano. Muerto en 1855. Sin dudas, hijo de Antonio y Rebecca.
Las placas conmemorativas apenas podían leerse. A Fabrizio lo saludaban su abuelo, sus tíos y su hermano.
A sus padres, nadie.
Bajé por la escalera y fui recorriendo una a una el resto de los cajones. Era como un viaje por el árbol genealógico de los Ravazzano. O, más bien, por sus raíces. Marco 1860, Anna di Marco 1863, Pietro 1882, Renata 1885, Francesca 25/12/1899, Antonella 25/12/1899, Giuliana 25/12/1899... los siguientes tres cajones eran pequeños Pietro, Carlo y Gianni Ravazzano... 25/12/1899.
No había dedicatoria, no había saludos, no había placas recordatorias.
No había nada. Toda la estirpe Ravazzano había quedado allí.
Antes de llegar a este pueblo, hubiera pensado que esta familia tuvo mucha mala suerte. Quizás, un accidente, quizás una perdida de gas, quizás alguna comida navideña en mal estado...
Pero la circunstancia decía que alguien me había pegado en la cabeza para dejarme dentro de esta bóveda. Y ese alguien quería que yo viera todo aquello.
Sólo para sacarme la duda, decidí tomar coraje y abrir uno de los cajones.
Luego de luchar pacientemente con las llaves atornilladas logré aflojar la tapa lo suficiente como para subirme a ella y tirar de la madera reblandecida.
No me costó mucho quebrar la parte de arriba de la tapa, y así quedar frente a frente con el cráneo de Francesca Ravazzano. Quedaban apenas algunos jirones de piel seca cubriendo parte de sus pómulos. Pero lo que más resaltaba eran los dos agujeros perfectamente redondos que lucía en su frente.
Levanté con cuidado la cabeza de la pobre Francesca hasta separarla del cuerpo casi sin esfuerzo. La sacudí y -tal como esperaba- sentí el inconfundible tintineo metálico que golpeaba en los huesos.
La di vuelta para sacar por los ojos aquellos dos casquillos de bala calibre 22.
Sin dudas encontraría lo mismo en el resto de los cuerpos.
En la navidad de 1899, alguien había masacrado a toda la familia Ravazzano.
*Scala Coeli significa escalera al cielo en un antiguo dialecto italiano.
Era lo único que recordaba
Me levanté con cuidado. El dolor de cabeza me retumbaba hasta hacerme perder el equilibrio.
Aún resonaba el golpe de la pala, como si mi cabeza fuese un gran campanario a medianoche.
Me sostuve con la pared, y cuando me sentí seguro, me dediqué a prender algunas de las velas apagadas que estaban por toda la bóveda.
Por alguna razón me habían encerrado allí.
Cuando se hizo la luz, hice un paneo general con mis ojos.
Había tres cajones en la planta en que me encontraba.
Más atrás, una escalera nacía en el suelo y llevaba hacia unos cuantos cajones más. "Escalera al infierno.
Buen dato: una escalera al infierno, justamente en un pueblo llamado Scala Coeli*.
Dos de los cajones principales pertenecían a una pareja muerta en 1848. Ambos el mismo día.
Antonio y Rebecca Ravazzano.
Rebecca. Extraño nombre para una italiana.
El tercer cajón era pequeño. Quizás de un niño.
Fabrizio Ravazzano. Muerto en 1855. Sin dudas, hijo de Antonio y Rebecca.
Las placas conmemorativas apenas podían leerse. A Fabrizio lo saludaban su abuelo, sus tíos y su hermano.
A sus padres, nadie.
Bajé por la escalera y fui recorriendo una a una el resto de los cajones. Era como un viaje por el árbol genealógico de los Ravazzano. O, más bien, por sus raíces. Marco 1860, Anna di Marco 1863, Pietro 1882, Renata 1885, Francesca 25/12/1899, Antonella 25/12/1899, Giuliana 25/12/1899... los siguientes tres cajones eran pequeños Pietro, Carlo y Gianni Ravazzano... 25/12/1899.
No había dedicatoria, no había saludos, no había placas recordatorias.
No había nada. Toda la estirpe Ravazzano había quedado allí.
Antes de llegar a este pueblo, hubiera pensado que esta familia tuvo mucha mala suerte. Quizás, un accidente, quizás una perdida de gas, quizás alguna comida navideña en mal estado...
Pero la circunstancia decía que alguien me había pegado en la cabeza para dejarme dentro de esta bóveda. Y ese alguien quería que yo viera todo aquello.
Sólo para sacarme la duda, decidí tomar coraje y abrir uno de los cajones.
Luego de luchar pacientemente con las llaves atornilladas logré aflojar la tapa lo suficiente como para subirme a ella y tirar de la madera reblandecida.
No me costó mucho quebrar la parte de arriba de la tapa, y así quedar frente a frente con el cráneo de Francesca Ravazzano. Quedaban apenas algunos jirones de piel seca cubriendo parte de sus pómulos. Pero lo que más resaltaba eran los dos agujeros perfectamente redondos que lucía en su frente.
Levanté con cuidado la cabeza de la pobre Francesca hasta separarla del cuerpo casi sin esfuerzo. La sacudí y -tal como esperaba- sentí el inconfundible tintineo metálico que golpeaba en los huesos.
La di vuelta para sacar por los ojos aquellos dos casquillos de bala calibre 22.
Sin dudas encontraría lo mismo en el resto de los cuerpos.
En la navidad de 1899, alguien había masacrado a toda la familia Ravazzano.
*Scala Coeli significa escalera al cielo en un antiguo dialecto italiano.
sábado, 5 de febrero de 2011
Capítulo 9
Era bastante esperable que ocurriera esto.
Llegué a mi cita en el cementerio, puntualmente.
El sereno de la entrada me detuvo, alegando que el establecimiento ya había cerrado.
Pero me permitió pasar cuando le dije que iba a la tumba número 44.
Ya en ese momento, sospeché que las cosas no terminarían bien. Pero no me detuve: sabía que tenía que ir en busca de eso, para saber lo que pasaba en este pueblo, sea lo que fuere.
Prefería morir antes que quedarme con la duda.
Sospecho que esa fue siempre mi gran debilidad: querer saber. O, más aún, necesitar saber. Necesito saber aunque me haga mal. Aunque no sea necesario. Aunque no me importe. Quien necesita saber está mucho más expuesto de lo que parece.
Expuesto a todo. Por ejemplo, expuesto a un golpe en la cabeza con una pala, antes de llegar a la tumba número 44. Expuesto a aparecer dentro de un lugar oscuro y húmedo que resulto ser una bóveda.
Una bóveda cerrada con una cadena enorme y un gran candado.
Llegué a mi cita en el cementerio, puntualmente.
El sereno de la entrada me detuvo, alegando que el establecimiento ya había cerrado.
Pero me permitió pasar cuando le dije que iba a la tumba número 44.
Ya en ese momento, sospeché que las cosas no terminarían bien. Pero no me detuve: sabía que tenía que ir en busca de eso, para saber lo que pasaba en este pueblo, sea lo que fuere.
Prefería morir antes que quedarme con la duda.
Sospecho que esa fue siempre mi gran debilidad: querer saber. O, más aún, necesitar saber. Necesito saber aunque me haga mal. Aunque no sea necesario. Aunque no me importe. Quien necesita saber está mucho más expuesto de lo que parece.
Expuesto a todo. Por ejemplo, expuesto a un golpe en la cabeza con una pala, antes de llegar a la tumba número 44. Expuesto a aparecer dentro de un lugar oscuro y húmedo que resulto ser una bóveda.
Una bóveda cerrada con una cadena enorme y un gran candado.
viernes, 28 de enero de 2011
Capítulo 8
Hace un tiempo que no me enamoro. Y mucho más hace que alguien no se enamora de mí.
Por eso, no recuerdo cuándo fue la última vez que recibí una carta escrita de puño y letra. Creo que nunca. Sólo una vez, una notable escritora con la que mantuve una relación, me dedicó varios cuentos y poemas. Aún hoy –cuando las defensas me bajan lo suficiente- los busco en Internet para leerlos y subir mi autoestima.
Por eso digo… hace mucho que no recibo una carta manuscrita.
Hoy recibí una.
Sorpresivamente, alguien quiere hablar conmigo.
Justo ahora, que estaba pensando seriamente en dar por terminado el caso. Es muy difícil resolver algo cuando nadie quiere contártelo. Es obvio que aquí hay una confabulación tan grande como el pueblo. Y particularmente, incluso puedo sospechar qué es lo que se está escondiendo. Puedo sospechar qué pasó con Renzo... y en verdad hasta sospecho la verdadera identidad del padre abandónico de Renzo.
Es raro. Porque aquí nadie parece querer acercarse a mí. Incluso, aún sigo recordando las palabras de temor de mi amigo Viejex, cada vez que la señora del hotel me saluda por mi nombre.
Es lo único que me dice, junto con una mirada de zorra astuta y maliciosa:
Bongiorno, Morel.
Buonasera, Morel.
Buonanotte, Morel.
Fucking, vieja puta.
La carta que recibí no era de amor. En lo más mínimo. Pero tenía algo llamativo: estaba escrito en un mal español. Y decía:
“Se algo que pueda usted querer saber de Renzo Viggiatore. Jueves a la noche 8.55, en la cementerio, tumba 44”.
Tumba 44. ¿Sería la tumba de Renzo?
sábado, 22 de enero de 2011
Capítulo 7
La hostería en que paso mis días, aquí en Scala Coeli, tiene la tristeza impregnada en el empapelado de las paredes. Es un lugar oscuro, húmedo, vacío. Repleto de fotos de antiquísimos pobladores del lugar. Seguramente, retratos de viejos familiares.
Si los fantasmas existieran –y ustedes saben que yo comprobé que existen- este lugar estaría repleto de ellos.
Aún no sentí la presencia de ninguno.
Ayer, cuando salía de mi cuarto, me crucé en el pasillo con la empleada de limpieza. Inesperadamente, me preguntó qué tal iba todo. Traté de aprovechar su interés, para mentir mi simpatía y mantener una conversació. Pero ella, muy seca, me respondió: “sólo le pregunté cómo iba todo, nada más”.
Me quedé mirándola, pero ni siquiera levantó la vista.
Mientras me iba, dije en español: “yo que vos cuidaría las respuestas”.
Y me recorrió un escalofrío cuando ella, con su voz gutural y seca, respondió por lo bajo: “e al tuo posto io sono fuori di qui” (y yo que vos me iría de aquí).
Continuación, Jueves 27
Continuación, Jueves 27
miércoles, 19 de enero de 2011
Capítulo 6
Decidí buscar respuestas fuera del pueblo. Salí por los alrededores, haciéndome pasar por un turista que perdió el micro. Logré buena comunicación con algunas personas: un viejo que vivía solo en un parador… una maestra rural… un campesino de olivos… todos me ayudaban, todos me miraban con simpatía. “Argentina, Maradona… sbuffo… drogato”. Simpáticos los boludos.
Pero inesperadamente, toda esa simpatía desaparecía en cuanto se me ocurría preguntar por un viejo amigo de la zona, de apellido Vigliatore. Literalmente, cambiaban la expresión, la cara, la actitud. Algunos miraban hacia otro lado. Otros ni siquiera me respondían, y los menos se hacían los desentendidos, y secamente respondían que nunca habían escuchado ese apellido en la zona.
Inmediatamente, dejaban de hablarme, y me hacían el mismo vacío que la gente del pueblo. Un vacío rencoroso.
Como si yo no existiera.
Ya a esta altura, comencé a tener la certeza de que todo el pueblo estaba confabulado para ocultar lo que le había ocurrido al padre de mi cliente. Como si hubiera un pacto de silencio sobre Viggiatore. Si me preguntan hoy a mí, sospecho que lo mataron de algún modo. Quizás, un accidente. Quizás una pelea callejera.
Son raros estos tanos.
(Próx. Actualización, Sábado 22)
jueves, 16 de diciembre de 2010
Capítulo 5
Ayer me levanté sintiéndome en una película de terror.
Podrán decir que estoy paranoico, o que no comprendo la vida de los pueblos... pero hace semanas que estoy aquí, y la gente se la pasa mirándome. Los escucho comentar cosas a mis espaldas, sin ningún tipo de disimulo. E, incluso, me responden con evasivas a cada una de mis preguntas. La mayoría dice no entenderme bien.
No es una novedad que no soy bienvenido. Nunca lo fui.
Intenté explicar para qué vine, intenté sincerarme... hasta pagué varias rondas de grappa en el bar, intentando aflojarle la lengua a algún paisano, sin éxito. Siempre me dejan hablando solo, como si fuera un fantasma
El vacío es total.
Sólo una vez logré intercambiar unas palabras con un parroquiano que había llegado al pueblo luego de trabajar toda la temporada en el campo. Antonio era su nombre. El tipo se acercó a la barra, me saludó, y me dio charla. Hablamos del trabajo en el campo, de Italia, de Argentina, del mundial, de la siembra... del pueblo, de las familias, de los vivos, de los muertos...
Noté que el resto de los pocos clientes del bar nos miraba de reojo. Incluso el dueño, no nos quitaba la vista de encima mientras secaba los vasos con un repasador.
Cuando la charla avanzó al terreno que yo pretendía, el dueño tiró el repasador a un costado y llamó a Antonio a la otra punta de la barra. Le dijo algo casi al oído, sin dejar de mover las manos.
Cuando Antonio volvió, simplemente me palmeó la espalda excusándose, dejó un billete y salió.
Lo volví a ver en otras ocasiones, pero actuó como si no me conociera. Y no volvió a dirigirme la palabra.
Podrán decir que estoy paranoico, o que no comprendo la vida de los pueblos... pero hace semanas que estoy aquí, y la gente se la pasa mirándome. Los escucho comentar cosas a mis espaldas, sin ningún tipo de disimulo. E, incluso, me responden con evasivas a cada una de mis preguntas. La mayoría dice no entenderme bien.
No es una novedad que no soy bienvenido. Nunca lo fui.
Intenté explicar para qué vine, intenté sincerarme... hasta pagué varias rondas de grappa en el bar, intentando aflojarle la lengua a algún paisano, sin éxito. Siempre me dejan hablando solo, como si fuera un fantasma
El vacío es total.
Sólo una vez logré intercambiar unas palabras con un parroquiano que había llegado al pueblo luego de trabajar toda la temporada en el campo. Antonio era su nombre. El tipo se acercó a la barra, me saludó, y me dio charla. Hablamos del trabajo en el campo, de Italia, de Argentina, del mundial, de la siembra... del pueblo, de las familias, de los vivos, de los muertos...
Noté que el resto de los pocos clientes del bar nos miraba de reojo. Incluso el dueño, no nos quitaba la vista de encima mientras secaba los vasos con un repasador.
Cuando la charla avanzó al terreno que yo pretendía, el dueño tiró el repasador a un costado y llamó a Antonio a la otra punta de la barra. Le dijo algo casi al oído, sin dejar de mover las manos.
Cuando Antonio volvió, simplemente me palmeó la espalda excusándose, dejó un billete y salió.
Lo volví a ver en otras ocasiones, pero actuó como si no me conociera. Y no volvió a dirigirme la palabra.
sábado, 4 de diciembre de 2010
Capítulo 4
Voy a obviar todo lo que tenga que ver con el viaje. Voy a obviar que días antes de salir, Lola me dijo que quería que tomemos un poco de distancia de nuestra relación -algo que en mi idioma significa "conocí a otro tipo y no quiero tener ningún compromiso que me impida volteármelo".
Voy a obviar que viajé en Alitalia, me senté junto a una italiana cuarentona muy bonita. Voy a obviar que hablé todo el viaje con ella, y me enteré viajaba a su país para pasar las fiestas con su padre enfermo. Voy a obviar que la señora me besó, me dió su celular, y me contó que vive en Argentina y está casada con un uruguayo medio viejito. O mejor dicho, al revés: me contó que vive en Argentina con un uruguayo viejito, le pedí su celular y la besé.
Voy a obviar que iba a pasar la noche en un hostel del Foro Olímpico, pero terminé cenando y durmiendo en la casa que esta señora -de nombre Renata- que me dejó más que saciado.
Y definitivamente, voy a obviar todo lo que viví con ella durante casi dos semanas. En eso sí, seré absolutamente discreto.
Primero, estuve alejado, en medio de trámites, pasaporte y preparativos para iniciar este viaje. Luego, estuve alejado porque pasé dos semanas con Renata, conociendo Italia y mucho más.
Mi investigación se retrasó un poco. Y seguramente me vea obligado a pasar la navidad y el año nuevo aquí. Pero valió la pena. De todos modos, no tenía con quién pasarla en mi país.
Llegué a Scala Coeli ayer. Es un pueblo que se cae a pedazos.
Pueden googlearlo si quieren.
En las fotos que encuentren, descubrirán que nadie exageró al describirlo: este lugar debe estar exactamente igual que hace cien, doscientos o hasta trescientos años.
Las casas son viejas, las calles son viejas, la gente es vieja.
La descripción era tal cual habían dicho.
Viajé en auto con Renata por media Italia, y el viaje concluyó en la entrada de del pueblo. Me dejó allí, y nos despedimos con la promesa de que pasaría unos días en Sicilia y volvería a visitarme. La vi alejarse y subí la colina. En el camino, recordé algo que me había dicho Renata sobre el pueblo: el nombre "Scala Coeli" proviene de un antiguo dialecto italiano, y su significado es "Escalera al Cielo". Un excelente nombre: la subida me dejó con la lengua afuera, literalmente hablando.
Caminé con mi mochila al hombro por el pueblo. La gente no disimulaba su incomodidad al verme. Los chicos dejaban de jugar a la pelota para verme pasar. Las señoras se asomaban por las ventanas. Muchas viudas vestidas de negro. Muchos hombres con bigotes gruesos y aspecto campesino. Y muy pocas personas jóvenes. Crucé por las calles de piedra recibiendo las miradas de uno y otro lado
Todo lo que veía me resultaba familiar. Todo.
Llegué al hotel. Al hotel-residencial-casa familiar de la familia Scarpato. La señora Anna me tomó los datos. La descripción era muy parecida a la que daba Miguel en su cuento. Era tal cual me la imaginaba.
La señora Anna me tomó los datos.
Y allí descubrí que en ese lugar pasa algo raro:
La señora comenzó a escribir mi apellido antes de que yo se lo dijera.
Voy a obviar que viajé en Alitalia, me senté junto a una italiana cuarentona muy bonita. Voy a obviar que hablé todo el viaje con ella, y me enteré viajaba a su país para pasar las fiestas con su padre enfermo. Voy a obviar que la señora me besó, me dió su celular, y me contó que vive en Argentina y está casada con un uruguayo medio viejito. O mejor dicho, al revés: me contó que vive en Argentina con un uruguayo viejito, le pedí su celular y la besé.
Voy a obviar que iba a pasar la noche en un hostel del Foro Olímpico, pero terminé cenando y durmiendo en la casa que esta señora -de nombre Renata- que me dejó más que saciado.
Y definitivamente, voy a obviar todo lo que viví con ella durante casi dos semanas. En eso sí, seré absolutamente discreto.
Primero, estuve alejado, en medio de trámites, pasaporte y preparativos para iniciar este viaje. Luego, estuve alejado porque pasé dos semanas con Renata, conociendo Italia y mucho más.
Mi investigación se retrasó un poco. Y seguramente me vea obligado a pasar la navidad y el año nuevo aquí. Pero valió la pena. De todos modos, no tenía con quién pasarla en mi país.
Llegué a Scala Coeli ayer. Es un pueblo que se cae a pedazos.
Pueden googlearlo si quieren.
En las fotos que encuentren, descubrirán que nadie exageró al describirlo: este lugar debe estar exactamente igual que hace cien, doscientos o hasta trescientos años.
Las casas son viejas, las calles son viejas, la gente es vieja.
La descripción era tal cual habían dicho.
Viajé en auto con Renata por media Italia, y el viaje concluyó en la entrada de del pueblo. Me dejó allí, y nos despedimos con la promesa de que pasaría unos días en Sicilia y volvería a visitarme. La vi alejarse y subí la colina. En el camino, recordé algo que me había dicho Renata sobre el pueblo: el nombre "Scala Coeli" proviene de un antiguo dialecto italiano, y su significado es "Escalera al Cielo". Un excelente nombre: la subida me dejó con la lengua afuera, literalmente hablando.
Caminé con mi mochila al hombro por el pueblo. La gente no disimulaba su incomodidad al verme. Los chicos dejaban de jugar a la pelota para verme pasar. Las señoras se asomaban por las ventanas. Muchas viudas vestidas de negro. Muchos hombres con bigotes gruesos y aspecto campesino. Y muy pocas personas jóvenes. Crucé por las calles de piedra recibiendo las miradas de uno y otro lado
Todo lo que veía me resultaba familiar. Todo.
Llegué al hotel. Al hotel-residencial-casa familiar de la familia Scarpato. La señora Anna me tomó los datos. La descripción era muy parecida a la que daba Miguel en su cuento. Era tal cual me la imaginaba.
La señora Anna me tomó los datos.
Y allí descubrí que en ese lugar pasa algo raro:
La señora comenzó a escribir mi apellido antes de que yo se lo dijera.
domingo, 21 de noviembre de 2010
Capítulo 3
El texto escrito por Miguel me golpeó en la cabeza como un palo de amasar.
Era muy difícil distinguir si todo era cierto, o había uno o varios detalles ficcionados. Viniendo de alguien que se define como "psicoanalista, periodista y cineasta", es esperable que no todo sea como parece.
De lo que estaba seguro es que todo este caso comenzaba a parecer interesante. Y no quiere decir que le crea a Miguel. Casi diría que todo lo contrario.
Lo único cierto es que para develar todo este asunto debía desempolvar los recuerdos de aquel italiano que se hablaba diariamente en mi infancia, y viajar rumbo a la madre patria de los trabajadores, los brutos, los mafiosos y los vagos: Sicilia.
Porque a eso me llevaba el texto. Este texto que transcribo a continuación -verdadero o falso- pero escrito por Miguel Vigliatore, hijo de Renzo, nieto de Cosme.
O vaya uno a saber.
Era muy difícil distinguir si todo era cierto, o había uno o varios detalles ficcionados. Viniendo de alguien que se define como "psicoanalista, periodista y cineasta", es esperable que no todo sea como parece.
De lo que estaba seguro es que todo este caso comenzaba a parecer interesante. Y no quiere decir que le crea a Miguel. Casi diría que todo lo contrario.
Lo único cierto es que para develar todo este asunto debía desempolvar los recuerdos de aquel italiano que se hablaba diariamente en mi infancia, y viajar rumbo a la madre patria de los trabajadores, los brutos, los mafiosos y los vagos: Sicilia.
Porque a eso me llevaba el texto. Este texto que transcribo a continuación -verdadero o falso- pero escrito por Miguel Vigliatore, hijo de Renzo, nieto de Cosme.
O vaya uno a saber.
Dicen que lo primero que hizo Renzo al llegar al pueblo, fue buscar un lugar en el cual pedir un vaso de agua fresca. El sol siciliano de mayo lo había acompañado en esa interminable subida de 600 metros, que separaban la ruta del cartel roto y desvencijado que recibía a los muy ocasionales visitantes con un “Benvenuti a Scala Coeli”.
Dicen que durante unos minutos se quedó observando aquel viejo trozo de madera, pensando que quizás fue lo último que vió don Cosme Vigliatore –el padre de Renzo- mientras se alejaba de su pueblo de la mano de un vecino. Tenía 7 años, era huérfano, se dirigía a un país del que no sabía nada. Y no regresaría nunca más.
Pero aún, Renzo no podía estar seguro que aquel era el lugar que buscaba. Los documentos eran confusos. La partida de nacimiento jamás había aparecido. E incluso, ni siquiera el propio Cosme recordaba el nombre real de su pueblo: a veces lo llamaba Scala Coeli, a veces Scala Vecchia, a veces Scala Volgare, a veces Scala Prego… Y a veces, Scala Niente…
Luego de tomar de un trago una botella de agua fría en el único bar –ante la atenta mirada de los pocos parroquianos, que no estaban muy acostumbrados a recibir visitas- Renzo inició el trabajo de reconstrucción.
Mientras caminaba, sentía profundamente que por fin había llegado al lugar correcto. Durante horas recorrió las calles. Miró detalladamente cada casa, cada cartel, y hasta cada vecino con el que se cruzaba. Todo el pueblo debía estar exactamente igual que hace 70, 80, o hasta 100 años. Sólo algunos automóviles podrían marcar una diferencia sobre lo que su padre podría haber visto cuando era niño.
Esperaba encontrar algo que lo identifique con el paisaje.
Su obsesión lo llevó a acercarse a una joven que paseaba con un niño, sólo para decirle que el pequeño era muy parecido a su propio hijo.
Un hijo al que había dejado junto a su madre a miles de kilómetros, el día que decidió dejar todo para ir en busca de sí mismo.
Cuando comenzó a anochecer, Renzo buscó un lugar donde albergarse. No fue difícil. Preguntando aquí y allá llegó a una casa de huéspedes. La dueña, una inconfundible matrona italiana, le tomó el registro.
-Renzo Vigliatore –dijo él.
Al escuchar el apellido, la mujer se quedó unos segundos mirándolo. Y luego, repitiendo para sí misma, escribió:
-Viggiatore.
Rápidamente, él le habría aclarado:
-No no…Vi-glia-to-re.
La señora le clavó la mirada, y sólo le respondió:
-¿Seguro?
Le causó gracia la pregunta. Claro que no estaba seguro. Nadie podía estarlo. Su apellido pudo haber sido mal anotado al llegar al país. Viggiatore… Vigliatore… Vogliatore
Prefirió dejar allí el asunto e ir a descansar a su cuarto para planear los próximos pasos. Supongo que Renzo necesitaba tener la plena seguridad de que estaba realmente en el pueblo de su padre. Era lo único que buscaba en el mundo. Podría visitar la casa de su abuela, conocer parientes lejanos, imaginar a un pequeño Cosme jugando en las calles… e incluso ver el escenario real de las increíbles historias que su padre le contaba con respecto a su infancia en Italia.
Al día siguiente se dirigió al registro civil del pueblo. Gino –el encargado- se mostró feliz de poder salir al menos una vez de su rutina. Juntos, revolvieron todas las carpetas de mediados del siglo 20. En una de ellas finalmente apareció la Partida de Nacimiento de “Cósimo Vigliatore”. En un principio a Renzo se le llenaron los ojos de lágrimas: era el mismo apellido. Pero al leer el papel en profundidad, descubrió que los detalles no coincidían: Cósimo figuraba como hijo de Cósimo Vigliatore cuando, en realidad, su padre era hijo natural. Por otro lado, la fecha de nacimiento difería por seis meses.
Pero claro, es probable que en un lugar tan pequeño, la vergüenza haya anotado el nombre de un padre y las distancias hayan retrasado los trámites… pero como sea, Renzo no podía estar seguro que aquel fuera su padre.
El siguiente paso fue hablar con la gente. Pero los pobladores no eran muy colaboradores. El pueblo era lo suficientemente hermético como para no aceptar que un extranjero llegue para hacer preguntas sobre un tipo que se fue hace 70 años. Sólo una señora muy mayor le contó que ella de joven había escuchado que durante la Primera Guerra un soldado inglés había dejado “incinta” a una chica del pueblo.
La intuición llevó a Renzo al cementerio para buscar la tumba de su abuela, que según su padre se llamaba Francesca. La mujer murió cuando Cosme recién había cumplido los 7 años. Y así fue que el chico quedó literalmente solo en el pueblo. Luego de ir de casa en casa, un primo de Francesca que vivía en Argentina se hizo cargo, y le mandó buscar. Cosme viajó cruzó el océano en barco a la edad en que cualquier otro chico recién aprende a atarse los cordones.
Allí encontró un panorama aún más triste del que imaginaba: apenas unas trescientas tumbas abandonadas, lo que demostraba que Scala Coeli no era tan siquiera un lugar elegido para morir. La única visita provenía del sereno, un hombre viejo de rasgos toscos. Él fue quien escuchó atentamente la historia de Cosme y su madre. Hizo un silencio, y sólo dijo secamente: “venire”, antes de caminar entre las tumbas como si sólo fueran plantas olvidadas.
Lo condujo hasta la tumba más olvidada de todas. La lápida de piedra llevaba un nombre apenas legible, del cual se habían borrado totalmente algunas letras: Fra-c-sca Vi_ _ iato__. La fecha estaba totalmente borrada por el tiempo. Una vez más, la emoción seguía sin poder salir.
A pesar de todo, era probable que aquella fuera la tumba… pero la duda lo inquietaba.
De aquí en adelante, todo lo que dicen los pobladores se vuelve confuso y borroso. Algunos juran que Renzo Viggiatore –tal como indica el registro del hospedaje- abandonó Scala Coeli esa misma noche, para iniciar la búsqueda por otros pueblos. Otros dicen que enloqueció y se fue a vivir a otro monte de la provincia de Cosenza. Un par de personas dijeron que cambió su apellido y se quedó a vivir en Scala Coeli y rehizo su vida… Incluso, no tengo forma de asegurar que quien estuvo en ese pueblo fue realmente mi padre. De hecho, sea por lo que sea, el apellido no coincide. No puedo tener la certeza absoluta de que Renzo Viggiatore haya sido mi padre Renzo Vigliatore.
Yo tenía sólo 6 años cuando él se fue, y sólo tengo un recuerdos borrosos. Es lo único que me queda, porque mi madre quemó todas sus fotos.
Por eso, hoy sólo me conformo con saber la verdad acerca de lo que le sucedió a mi padre.
Por más triste que fuera.
jueves, 18 de noviembre de 2010
Capítulo 2
Al otro día, amanecí con Lola.
Mi vecina-amante española había aceptado volver a dormir en casa. Ya no había fantasmas a la vista, ni puertas que se abrieran y cerraran. Mi vida en apariencia era normal.
Antes de que suene el despertador, me levanté tratando de no hacer ruido. Pero pateé sin querer la botella de agua que estaba junto a mi cama, mojando todo lo que suelo dejar en el: el jean, las zapatillas y mi libro.
A veces, debo reconocer que me esfuerzo por ser aún más desordenado de lo que soy. Siento que eso le da un poco rock a mi vida.
Escuché que Lola farfulló algunas palabras sueltas, entre las que sólo pude reconocer claramente “coño” y “madre”. Ya empezábamos a transitar esa parte de la relación en la que los insultos ofensivos, la baba matutina en la almohada y las uñas escarbando entre los dientes, comenzaban a estar permitidos.
Me lavé los dientes y desayuné un vaso de Coca, galletitas Variedad y bananas disecadas. Sí, lo sé: mi desayuno no tiene rock. Para contrarrestarlo, me puse una remera de Metallica, un jean negro, dejé el piso de mi cuarto sin secar, y me fui a comenzar con el caso.
Ya había pautado una reunión con Miguel Vigliatore, el tipo que había renunciado a un seguro de vida de 200.000 dólares sólo para saber el paradero de su padre que lo abandonó a los 6 años. “Qué muchacho íntegro. Qué joven puro. Qué hombre de buen corazón”. Me gustaría decir eso, pero sinceramente no le creo. No tiene lógica. Ese argumento me suena extraño.
-Así que vos sos investigador –dijo con tono de superado en cuanto me presenté
Preferí obviar el comentario y entrar a la casa.
Miguel se presentó como psicoanalista, periodista y cineasta. Pero en verdad, se gana la vida administrando algunos negocios de su madre. Me recibió en una antigua casa de Flores. Un lugar muy grande, un frente colonial… una construcción hermosa, pero bastante humilde en su decoración. Incluso, tirando a vieja. De esas casas en las que todo sigue igual por años, y años, y años.
-La misma casa de mis padres. Acá nací yo… acá me crié con mi vieja… acá nos dejó mi papá cuando se fue.
Me dijo esto mientras me invitaba a pasar por el pasillo hasta el living. Había cuadros de marco antiguo, paredes empapeladas y fotos familiares. En la antesala, una gran escalera de roble llevaba a los cuartos superiores. Debajo de esta, había una biblioteca que iba de pared a pared.
Todo se veía raído, descuidado y sin mantenimiento.
Una casa muy grande para un tipo solo.
-¿Y tu vieja?
-En un geriátrico. Estaba mal físicamente y un poco perdida de la cabeza... ya no podía dejarla sola.
Me senté en un sillón del living. Miré alrededor. Y junto con las pocas pulgas que me acompañan, fui directo al grano:
-¿Fuiste a buscar a tu viejo alguna vez?
Miguel se sorprendió por lo directo de la pregunta. Pero se sentó y se dispuso a colaborar:
-Sí. Hace mucho. Recorrí el pueblo. Pero no encontré nada. Nada de nada. Pero cuando fui, ya habían pasado 20 años.... Algunos dicen que lo vieron. Otros hablaron con él… otros se contradecían… Y nadie se acordaba demasiado.
-¿la policía?
-nada
Hice un silencio, como para saber por dónde empezar a apretarlo.
-Necesito saber más. Qué sentís por tu viejo… qué querés que encuentre… cómo era él… por qué estás tan obsesionado por encontrarlo.
Miguel se levantó y fue hasta la biblioteca. Se paró estratégicamente entre dos libros, y sacó de entre ellos unas hojas carta, dobladas al medio. Me las dio.
-Acá está todo. Es un cuento que escribí cuando volví de Italia. Fue la catársis de mi viaje. Pero no lo leas ahora. Dedicale un tiempo.
Esa misma noche aproveché que mi libro de Ítalo Calvino estaba aún empapado, y me acosté con lo que escribió Miguel.
Prácticamente no pude dormir en toda la noche. Es todo demasiado denso. Demasiado oscuro… demasiado extraño.
Demasiado casual, si quiere.
En el próximo posteo, voy a transcribirlo.
domingo, 14 de noviembre de 2010
De donde nadie vuelve. Cap. 1
Llegué puntualmente a la compañía de seguros. La recepcionista me acompañó hasta una sala de reuniones grande y vacía. Allí estuve un buen rato esperando, hasta que apareció un tipo canoso y alto. El pelo blanco le daba más edad de la que realmente debía tener.
Me dió su tarjeta, la cual tomé y guardé sin mirar. Horas después terminaría tirada dentro de la guantera de mi auto.
No me gusta la gente con tarjeta.
Para ser sinceros, no me gusta la gente en general, pero mucho menos la gente con tarjeta.
El tipo dió por sentado que yo ya sabía su nombre, y comenzó a hablar.
-Mire, Morel... me dijeron que usted es buen investigador. Tenemos un caso en la compañía que viene muy jodido y necesitamos cerrar de una vez: resulta que hay un fulano que hace como treinta años dejó un seguro de vida muy grande a nombre de su hijo... y desapareció. No hay partida de defunción, no hay cuerpo, no hay una mierda... El pibe tenía 6 años y...
-O sea que el tipo es un desaparecido...
El canoso hizo el típico gesto de "no es tan así", apretando los labios hacia dentro.
-mmm... digamos que no es la clase de desaparecido a la que usted se refiere. Este tipo está desaparecido... pero porque se mandó a mudar. Se fue a hacer no se qué investigación de mierda a Italia, y nunca más se supo de él. Ahora, el seguro lo siguió pagando su mujer, y por todos los movimientos cambiarios e inflacionarios, esa póliza se hizo monstruosa, y sigue creciendo. Esta situación se nos estaba yendo de las manos. Entonces, llamamos al pibe para ver si podíamos llegar a un acuerdo económico y cerrar el asunto.
-O sea, lo llamaron para cagarle parte de la guita...
El canoso hizo de cuenta que no escuchaba.
De hecho, estoy seguro que no escuchaba.
-El pibe -que no es tan pibe, porque tiene treinta y pico de años- en cuanto llega a la reunión nos dice: "Miren: a mí no me interesa esa guita. Pero sí quiero saber algo sobre mi viejo. Si ustedes me ayudan con mi investigación, yo renuncio a cobrar la póliza". Y ahí, es donde entra usted.
-Tengo que buscar al padre.
-Exacto. En Italia.
-Cuánto hay para mí.
-El 10% del valor de la póliza, mas los gastos.
-Que son...
- Veinte mil dólares.
Salí de la reunión con un adelanto en efectivo y un nombre: Renzo Vigliatore, desaparecido hace 31 años, y buscado por su hijo Miguel.
Sinceramente, parecía un caso ideal para Franco Bagnatto.
sábado, 10 de julio de 2010
1
Quizás en un tiempo, alguien venga hasta aquí, para visitar este primer posteo.
Eso es al menos lo que yo hago siempre cuando entro a un blog. Pero acá todavía no voy a poner nada. El primer paso fue abrirlo. Abrirme.
¿Qué fue lo primero que escribiste? ¿Qué esperabas con el blog? ¿Cuál era la idea? ¿Para qué? ¿Por qué?
En mi caso, recordé la frase de un viejo amigo, que alguna vez me dijo: "Todos tenemos dónde caernos muertos. Eso es lo trágico".
Pero nadie puede elegir un lugar para morir. Nadie puede saber dónde se dejará caer. Pero sí puede dejar algo. Una pista. Una idea. Unas palabras. Una risa.
Algo que haya valido la pena.
Esa es la idea.
Eso es al menos lo que yo hago siempre cuando entro a un blog. Pero acá todavía no voy a poner nada. El primer paso fue abrirlo. Abrirme.
¿Qué fue lo primero que escribiste? ¿Qué esperabas con el blog? ¿Cuál era la idea? ¿Para qué? ¿Por qué?
En mi caso, recordé la frase de un viejo amigo, que alguna vez me dijo: "Todos tenemos dónde caernos muertos. Eso es lo trágico".
Pero nadie puede elegir un lugar para morir. Nadie puede saber dónde se dejará caer. Pero sí puede dejar algo. Una pista. Una idea. Unas palabras. Una risa.
Algo que haya valido la pena.
Esa es la idea.
lunes, 13 de julio de 2009
2
Es la cuarta vez que empiezo este posteo. Le dí mil vueltas al tema, y no sé por dónde empezar.
Bueno, básicamente, tengo un tema para contar, y tiene que ver con lo que decía en el primer posteo, sobre dónde caerme muerto. Bah, no sé si tiene que ver totalmente con eso, pero algo tiene que ver.
Yendo al grano: Hace más o menos un año, me compré mi primer casa. Un ph en el barrio de Boedo.
Y lo que realmente me llevó a abrir este blog, es que necesito contar que en esa casa pasan cosas raras.
Bueno, básicamente, tengo un tema para contar, y tiene que ver con lo que decía en el primer posteo, sobre dónde caerme muerto. Bah, no sé si tiene que ver totalmente con eso, pero algo tiene que ver.
Yendo al grano: Hace más o menos un año, me compré mi primer casa. Un ph en el barrio de Boedo.
Y lo que realmente me llevó a abrir este blog, es que necesito contar que en esa casa pasan cosas raras.
martes, 15 de julio de 2008
3
El departamento tiene dos ambientes grandes. Cocina aparte y baño completo. Es una construcción relativamente antigua. No sé quién vivía antes. No sé si alguien murió acá. No se nada. No se me hubiera ocurrido preguntar esas cosas. ¿Vos preguntaste alguna vez algo así? Yo no. Me hubiera dado vergüenza.
Pero todo se sabe. Porque para eso están los porteros. "Buen día, ¿qué tal la nueva casa?", me preguntaba todas las mañanas el encargado del edificio de al lado. Los tres primeros días le respondí con una sonrisa. Y por dentro pensaba "a este pelotudo qué carajo le importa".
Después del cuarto día no hubo más sonrisas ni insultos.
Porque un pequeño ruido se explica. Dos o tres pequeños ruidos también.
Un par de veces podés dudar de haber dejado prendida la radio. Podés tratar de convencerte que olvidaste estirar la cama antes de salir. Y si te hacés muy pero muy el boludo, podés creer que todos los días te dejás abierta la misma puerta de la alacena.
Pero esa sensación de que hay alguien al lado tuyo, es una puta mierda dificil de explicar.
A vos te puede parecer una boludez. Una sutileza. Una pavada. Pero es algo que me hace girar la cabeza todo el tiempo.
Yo hubiera pensado lo mismo hace unos meses.
Pero es una sensación tan jodidamente real...
Pero todo se sabe. Porque para eso están los porteros. "Buen día, ¿qué tal la nueva casa?", me preguntaba todas las mañanas el encargado del edificio de al lado. Los tres primeros días le respondí con una sonrisa. Y por dentro pensaba "a este pelotudo qué carajo le importa".
Después del cuarto día no hubo más sonrisas ni insultos.
Porque un pequeño ruido se explica. Dos o tres pequeños ruidos también.
Un par de veces podés dudar de haber dejado prendida la radio. Podés tratar de convencerte que olvidaste estirar la cama antes de salir. Y si te hacés muy pero muy el boludo, podés creer que todos los días te dejás abierta la misma puerta de la alacena.
Pero esa sensación de que hay alguien al lado tuyo, es una puta mierda dificil de explicar.
A vos te puede parecer una boludez. Una sutileza. Una pavada. Pero es algo que me hace girar la cabeza todo el tiempo.
Yo hubiera pensado lo mismo hace unos meses.
Pero es una sensación tan jodidamente real...
lunes, 16 de julio de 2007
4
1) Estoy en un bar de Tucumán y Mario Bravo.
2) Esta zona me gusta mucho.
3) Son las 10 y 20.
4) Estoy solo.
5) En 20 minutos, de la casa de enfrente va a salir un señor.
6) En 22 minutos, voy a tocar el timbre y voy a entrar yo.
Que quede entre nosotros.
2) Esta zona me gusta mucho.
3) Son las 10 y 20.
4) Estoy solo.
5) En 20 minutos, de la casa de enfrente va a salir un señor.
6) En 22 minutos, voy a tocar el timbre y voy a entrar yo.
Que quede entre nosotros.
martes, 18 de julio de 2006
5
El sábado tipo 4 de la mañana volví a estar en la calle. Ella me dijo que el marido no volvía hasta las 6. Pero yo no quise tentar al destino.
Qué ingrata es la vida para los trabajadores nocturnos.
La calle era un cubito. No quiero ser reiterativo. Habrán escuchado esta frase mil veces esta última semana. Pero créanme que tengo razones para repetirla una vez más:
Qué frío que hacía, la puta madre.
Caminé dos cuadras hasta el auto y llegué tiritando, literalmente hablando.
Diez minutos después estaba en mi casa. Como hago últimamente, miré cada detalle de la cocina para ver si algo había cambiado de lugar. Fui al lavadero y prendí la calefacción. Abrí la heladera y tomé agua de la botella. Fui al baño para mear. Aparentemente todo estaba bien. Pero cuando entré a mi cuarto, la almohada estaba en el piso.
Prendí la tele y me quedé fumando un cigarrillo en la cama hasta que amaneció. Recién ahí me dormí.
Qué ingrata es la vida para los trabajadores nocturnos.
La calle era un cubito. No quiero ser reiterativo. Habrán escuchado esta frase mil veces esta última semana. Pero créanme que tengo razones para repetirla una vez más:
Qué frío que hacía, la puta madre.
Caminé dos cuadras hasta el auto y llegué tiritando, literalmente hablando.
Diez minutos después estaba en mi casa. Como hago últimamente, miré cada detalle de la cocina para ver si algo había cambiado de lugar. Fui al lavadero y prendí la calefacción. Abrí la heladera y tomé agua de la botella. Fui al baño para mear. Aparentemente todo estaba bien. Pero cuando entré a mi cuarto, la almohada estaba en el piso.
Prendí la tele y me quedé fumando un cigarrillo en la cama hasta que amaneció. Recién ahí me dormí.
miércoles, 20 de julio de 2005
6
Organicémonos.
Tengo 39 años. Soy solo. Tengo un hijo que vive con la mamá en Esquel. Laburo por mi cuenta, en el rubro seguros. Pero no soy productor, ni vendedor, ni nada de eso. Digamos que las compañías me contratan para algunos trabajos puntuales.
Hace poco fui al cine a ver "Carancho". Días después, hablando con un amigo que también la había visto, le comentaba que yo no sabía ni que existía ese subrubro de la abogacía.
Pensé mucho sobre eso, y seguro que casi nadie debe saber que hay gente que hace mi trabajo.
En parte, eso me inclinó a hacer un blog. Lo que para mí son historias cotidianas y rutinarias de mi laburo, para algun otro pueden ser interesantes.
Soy investigador especializado en seguros. Las compañías me contratan cuando tienen que pagar una póliza muy alta que sospechan que puede ser fraudulenta. Por ejemplo: usted incendia intencionalmente su negocio para cobrar el seguro. La policía y los bomberos coinciden en que el incendio fue accidental, Pero la compañía sospecha algo, y la póliza es muy alta. Entonces, me llaman.
Si no descubro nada, cobro solamente los viáticos. Si compruebo el fraude, me pagan el 30 % del
total de la Póliza.
No es un trabajo como para estar orgulloso, lo sé. Pero a mí me gusta, y me pagan bien.
Alguno podría decir que estoy del lado de los malos. Pero no es tan así. De última no me importa. Yo estoy de mi lado.
Tengo 39 años. Soy solo. Tengo un hijo que vive con la mamá en Esquel. Laburo por mi cuenta, en el rubro seguros. Pero no soy productor, ni vendedor, ni nada de eso. Digamos que las compañías me contratan para algunos trabajos puntuales.
Hace poco fui al cine a ver "Carancho". Días después, hablando con un amigo que también la había visto, le comentaba que yo no sabía ni que existía ese subrubro de la abogacía.
Pensé mucho sobre eso, y seguro que casi nadie debe saber que hay gente que hace mi trabajo.
En parte, eso me inclinó a hacer un blog. Lo que para mí son historias cotidianas y rutinarias de mi laburo, para algun otro pueden ser interesantes.
Soy investigador especializado en seguros. Las compañías me contratan cuando tienen que pagar una póliza muy alta que sospechan que puede ser fraudulenta. Por ejemplo: usted incendia intencionalmente su negocio para cobrar el seguro. La policía y los bomberos coinciden en que el incendio fue accidental, Pero la compañía sospecha algo, y la póliza es muy alta. Entonces, me llaman.
Si no descubro nada, cobro solamente los viáticos. Si compruebo el fraude, me pagan el 30 % del
total de la Póliza.
No es un trabajo como para estar orgulloso, lo sé. Pero a mí me gusta, y me pagan bien.
Alguno podría decir que estoy del lado de los malos. Pero no es tan así. De última no me importa. Yo estoy de mi lado.
jueves, 22 de julio de 2004
7
Las estadísticas mueven todo.
Hay muchísimos intentos de estafa a las compañías de seguros. Inclusive, las mismas compañías lo saben, pero para ellos pagar es parte del negocio. Porque para ellos todo se maneja en base a estadísticas. El negocio es estadístico. Entonces, si vos te hacés robar el auto para cobrar el seguro, lo más probable es que la compañía te pague sin hacer muchas preguntas. Aunque sospechen, te van a pagar. Es más económico pagar que iniciar una investigación que estadísticamente es difícil de comprobar.
Ahora, si te hiciste robar es un camión de 50.000 dólares lleno de mercadería. O incendiaste tu negocio. O mataste a alguien para cobrar un seguro de vida... la cosa cambia.
Estadísticamente, es más económico pagarme los viáticos y eventualmente darme un porcentaje del seguro, que pagar todo.
Hoy se cumplen 3 meses del último trabajo que hice. Y 2 meses del último cheque que cobré.
Me gusta mucho estar al pedo. Y disfrutaría estar en mi casa, si no fuera por las cosas raras que pasan. Y soy tan obse que me da mucho pudor hablar de estas cosas con cualquiera. Tengo miedo de parecer un loco. O de estarlo.
Hay muchísimos intentos de estafa a las compañías de seguros. Inclusive, las mismas compañías lo saben, pero para ellos pagar es parte del negocio. Porque para ellos todo se maneja en base a estadísticas. El negocio es estadístico. Entonces, si vos te hacés robar el auto para cobrar el seguro, lo más probable es que la compañía te pague sin hacer muchas preguntas. Aunque sospechen, te van a pagar. Es más económico pagar que iniciar una investigación que estadísticamente es difícil de comprobar.
Ahora, si te hiciste robar es un camión de 50.000 dólares lleno de mercadería. O incendiaste tu negocio. O mataste a alguien para cobrar un seguro de vida... la cosa cambia.
Estadísticamente, es más económico pagarme los viáticos y eventualmente darme un porcentaje del seguro, que pagar todo.
Hoy se cumplen 3 meses del último trabajo que hice. Y 2 meses del último cheque que cobré.
Me gusta mucho estar al pedo. Y disfrutaría estar en mi casa, si no fuera por las cosas raras que pasan. Y soy tan obse que me da mucho pudor hablar de estas cosas con cualquiera. Tengo miedo de parecer un loco. O de estarlo.
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